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miércoles, 30 de mayo de 2012

El encaje invisible...respuesta al reto PIEDRA PAPEL O TIJERA




Cuando observó el inmenso ramo de rosas rojas, supo que tenía que escapar, no le quedaba otra alternativa.Pero la mirada severa de su madre la intimidó, paralizándola.
Sus ojos se desviaron cuando lo entronizaron en la mesa del recibidor. La angustia trepaba con fiereza, aferrándose a su pecho, quedándose a vivir allí, desgarrando su corazón.Sus pupilas estaban impregnadas de dolor, de pie en la escalera se enfrentaba a sus desilusiones y recuerdos…
"Rojo su tapado; rojas, las mejillas después de correr juntos por los cerros de la quebrada. Roja, la manzana confitada que compartieron—después de la procesión de la Virgen —, susurrándose promesas futuras .Rojas y altaneras las flores que eran no eran para ella .Rojas las añoranzas de un tiempo mágico y efímero".

Roja era la maldad, musitó, visualizando los labios sensuales de su hermana que habían triunfado sobre los suyos, torpes y toscos." pensaba en su mutismo hermético.
Quería huir, no la dejaban. No quería escuchar por un minuto más, las exclamaciones de admiración de su mamá, cegada por el placer de cumplir su sueño, de casar bien, a su Anita Laura.
Atrapada en una prisión de sueños ajenos, trató de inventarse una excusa educada para huir del comedor; no quería herir a sus padres, no pudo engañar a su hermana Ana Laura. ¿Cómo hacerlo?
Sólo ella podía decirle —sin alterar su rostro angelical y falso—que Enrique visitaría a su padre para hablar de eso, esa noche. Eso…que ya no sería para ella. Eso que él le hizo probar y era un manjar como gaznate que comía en secreto. El puré le supo a nada, ¿cómo se hace para seguir viviendo con normalidad cuando su corazón era traspasado por el dolor?
Dejó el plato intacto—nadie se fijaba, esos pequeños detalles —, Enrique si, por eso dolía más. Porque él la veía y ella, una ilusa, pensó que la amaba. La mirada triunfante que le dedicó su hermana, le recordó su status de pelusa, de cosa insignificante, de la cual no se espera nada. Nada. Mucho menos el pedido de mano.
Viendo la postura erguida, las sonrisas plenas, que su hermana prodigaba y contagiaba; experimentó esa parálisis que imponía el deber familiar. Los gritos de rabia se acumulaban en la garganta; no podía hacerlo, no debía hacerlo.
Se atragantó cuando bebió agua, su madre no tardó en amonestarla:
— ¡Mas cuidado! Sobre todo cuando el pretendiente de la Anita llegue en una hora—la arruga de los labios, se marcó implacable, Carmen había observado que ese pliegue lucia tenso cuando debían reprenderla por algo.
Quería huir ¿Cómo hacia?...
El reloj del comedor, regente de los horarios y vidas de la familia, marcó la hora acordada para la cita. Observó a su padre que tranquilo e inmutable leía el diario, fruncía el ceño, refunfuñaba ante las noticias de las protestas gremiales.
— ¡Escribe bien el barba Castilla!—compartió, releyendo concentrado “El Intransigente” .Su papá la mimaba y la entendía, en esa complicidad que tejían ambos ,hablaban de temas que sólo les interesaban a ellos, la poesía de Castilla —joven conocido de la familia—les daba alas para escapar de las cadenas del decoro que su madre y su hermana.
Hasta ese detalle era una espina de cardón, ¡Enrique al fin publicaba sus versos! Los sabía de memoria.
¡Tan brava y tan mía!
Camina sola, hablando con los duendes,
Suspira y el aire la entiende,
Porque son sólo una cosa.
Lo envidio, porque toca sus labios rosas,
Porque acaricia sus cabellos de seda negra,
Hermosa, sólo para mis ojos celosos.
La contemplo y la quiero así,
¡Brava y mía!
Solo mía.

Un pequeño sollozo se ahogó en su garganta cuando la aguja, se clavó en su piel; bordaba el encaje nuevo, destrozándose los dedos y realizando el peor trabajo de su vida. Puras mordidas de perro, eso eran las puntadas desprolijas y grandes.
—La Carmen está paliducha—acotó Fidela, confidente de su espíritu silencioso-, se nos va a poner malita de nuevo.
Don Carlos dejó el diario de lado, observándola, comprendiendo lo que ocurria. Asintió con la cabeza, frunció su ceño y se acercó a ella dictaminando con voz patriarcal:
—Subí a tu pieza y acóstate.
Su mamá y su hermana protestaron, pero la mano alzada y el gesto severo que les dirigió de soslayo, las llamó a silencio. Se lo agradecería a escondidas, le dió la oportunidad de huir. 
La puerta de su cuarto era el pasaje a su mundo, uno donde estaría a salvo de la felicidad que provocaba la llegada de Enrique. Escuchó su voz, las piernas le temblaron y contra todo consejo lógico huyó. Cerró con llave la puerta y su corazón de ingenua.
Las lágrimas no salian, una extraña resistencia, originada en el orgullo de Carmen, la hacía fuerte y le impedía que la decepción que tenía encontrara un camino liberador.
El espejo implacable exponía sus defectos: el cabello largo, lacio y grueso, sin vida; los ojos negros, demasiado pequeños. Su cuerpo, delgado, frágil, carecía de curvas ¿Era correcto recordar cómo él las había transformado en sensuales valles, en hondas quebradas? Su piel morena, era terciopelo cuando la acariciaba.
Bajo su mirada exclusiva, ella descubrió un tesoro oculto: su propia persona. Tenia brillo, talento—sus cuadros lo atestiguaban—; si para todos era la fea, la que todos preferían ignorar, convirtiéndola algo invisible encaje de su camisón.
“Un encaje bordado es un trabajo arquitectónico, delicado y humilde “ le decía cuando tomados de la mano besaba sus dedos, curando las heridas producidas por su torpeza en la costura.
“Un encaje es de una belleza solidaria, resalta la tela sobre la que se lo coloca, le dá valor; eso haces vos Carmen, en la vida de los que conoces” le repetía mientras la besaba, sin darle tregua, sin dejarla pensar. Aturdida, sentía sus labios recorrer su cuello, sus manos acariciaban y celebraban cada puntada dada.
Era una flor abriéndose para ser acariciada por el sol, uno llamado Enrique, su príncipe poeta.
Cuando se dio cuenta, el vestido marrón, yacía en el piso. La bolsa cuadrada y sin gracia que solía llevar por costumbre, se le hizo insoportable. El color elegido por Anita Laura, que siempre sabía más de moda que ella.
La verdad era evidente, ¿Qué ganaba con ocultar la maldad?
Debía dejar de ser pelusa, de ser invisible…de ser tan insignificante y marrón. Pateó con fuerza el vestido, arrojándolo a un rincón. Observó su rostro moreno, que con cada respiración se agitaba más y más. El dolor fue reemplazado por la furia. Por la locura de la mujer invisible.
Abrió de un tirón las puertas de su placar, un gruñido se le escapó de sus labios, se censuró por costumbre; pero advirtió que en su cuarto no mandaba su madre. No distinguía de nuevo las siluetas, solo arrojaba detrás suyo las prendas que no le gustaban. Una a una cayeron, como guerreros vencidos.
Giro y observó el montículo, era interesante, reflexionó. No las quería en su vida, dijo envalentonada. Partiría a Buenos Aires, como se lo aconsejó la tía Adoración. Ella seria como Lola Mora.
Tuvo una sorprendente visión de su madre teniendo un patatús mientras observaba sus cuadros en alguna exposición, una sonrisa de satisfacción la ayudo a tomar el montículo de ropa fea.
“No…las quiero…conmigo...” repetía poseída por su locura.
Con dificultad abrió la ventana de su habitación, buscaba aire, observó los cerros a lo lejos llamándola, quería acudir a su cita. Las flores del jacarandá florecidas, guardianas elegantes de la tierra tosca, le marcaban el camino a seguir; la luna brillaba y alumbraba el sendero que conducía al río de la quebrada. Rápido, sin pensar más, comenzó a arrojar las viejas prendas hacia el patio.
Una lluvia extraña caía sobre la finca familiar en San Lorenzo.
Su espíritu encontró la calma, las lágrimas salieron liberándola. Miraba sin ver hacia el horizonte, en su frenesí le pareció divisarlo, detrás suyo su padre, riendo satisfecho, guiñándole un ojo.
¿Qué era verdad?
¿Qué era mentira?
Enrique era su verdad, una que dolía, no existía obviedad más grande que esta: lo amaba.




La conclusión era que llegó tarde. Tarde para todo, incluso para el amor de Carmen. El barba Castilla cansado de verlo con esa mira de opa enamorado, lo echó de la redacción del Intransigente.
— Andá a buscarla chango—lo apremio urgiéndolo con su vozarrón ronco, dejando de castigar a la Remington.
Para variar le hizo caso, tomó su sombrero y corrió atravesando la plaza nueve de Julio, llegó a la calle Zuviría; no hubo necesidad de explicar nada, la tía Adoración lo esperaba sentada en la vereda. Le confió las llaves del viejo Ford del finado tío Eustaquio y se dirigió a la villa San Lorenzo.
Tenia que tener fe, cómo le decía el pajita Bes, su amigo pintor, recién llegado de Buenos Aires. Se animó y le mostró un cuadro de Carmencita. Los celos lo invadieron cuando lo vio acariciar el dibujo, para él era como si la estuvieran acariciando sin su permiso.
—Si vos me permitís, le doy clases—ofreció—, es un diamante en bruto.
—Meta—acordó.
No le explicó nada, quería encontrarla y hablar con ella. ¿Por donde empezaba?
Nunca más, resolvió. Nunca más le decían que hacer con su vida. Las cadenas de la resignación ya no existían .Sería lo que él quisiera ser. Poeta en la tierra de los poetas.
— ¡Te vas a morir de hambre! —le recriminaron.
El bastonazo certero de la tía Adoración a su padre, sermoneándolo como cuando era changuito, complicó el escándalo familiar. El primer Ibarguren Costa que no ejercería de abogado. Era libre, libre para hacer lo que quisiera. Libre para elegir a Carmen.
¿Las flores que oportuno le envió con el coya Sarapura , le habrían gustado? ¡La dedicatoria! El estómago se le revolvió mientras subían los ondulantes caminos polvorientos. Esa nota declarando su amor, era una porquería de su cosecha poética.


La casona familiar le sonreía, estacionó torpe en la entrada y corrió a la puerta principal. Estaba a punto de llamar cuando un chistido lo sacó de sus ensoñaciones. Reconoció a la fiel empleada de la casa, lo apremiaba a acercarse. Se quitó el sombrero saludándola, la anciana en un susurro imperceptible le dijo:
—”Apúrese, vaya pal patio”.
Su rostro desencajado por el enigma que compartía la sirvienta, no ayudó a su imagen de enamorado inteligente. ¿Acaso alguien lo era en ese estado?
P…a…t...i…o
" ¡Ah! "
De a poco las palabras tomaron sentido, cuando lo entendió, le sonrió agradecido, era la mejor moneda de cambio.
El patio… ¿Dónde estaba el patio correcto en ese inmenso caserón? Un perro flaco y vivaracho le salió al encuentro, le ladró insistente, movía la cola, se atrevió a olfatearlo, le impedía avanzar. Entendió que debía seguirlo ¿quién era él para objetar el aspecto de los ángeles? Le palmeó la cabeza cuando la divisó en el marco de la ventana de su cuarto con su camisón angelical y su cabello suelto .También se percató de ropa esparcida por el suelo, la observó arrojar más y quedarse obnubilada, hipnotizada por magia invisible.
El perro ladró descubriéndolo. La observó parpadear retomando de su estado de semi inconciencia. Atravesó las distancias que los separaban, todavía estaban lejos .Ella en lo alto, donde habitan los dioses, él en la tierra de los mortales.
Pero eso iba a cambiar, haciendo gala de su estado poco atlético, trepó con dificultad la pared. Quedó tambaleando sobre una laja sobresaliente.
—Carmencita—la llamó, una vez.
Dos veces…
Tres veces…
— ¡Carmencita me caigooooo! —gritó vencido.
La bella durmiente de los valles Calchaquies, despertó .Su poeta, yacía de espaldas, retorciéndose de dolor. Se cubrió la mano con la boca horrorizada.
El perro pila, lamia el rostro de Enrique con compasión .Abrió su puerta, bajó las escaleras escandalizando en su camino a sus verdugas. Cuando estuvo a su lado, le acarició la mejilla, a lo lejos sobrevoló una mariposa negra, le entregó sus enojos y su dolor.
" ¡Llévatelos lejos!", le confió.
—Viniste.
Él asintió con su cabeza, de a poco se incorporó hasta quedar cerca de ella. El mundo entero se desdibujaba.
—Te vine a buscar—dijo temeroso de su rechazo.
— ¿A mi?
Sus ojos grises brillaron acompañando su respuesta.
— ¡Si!, a vos—sentía áspera la garganta, cada palabra costaba, dolía—.Perdóname.
El estigma del pasado regresó, Enrique lo supo y decidió combatirlo. La firme resolución que sostenía desde que la había conocido crecía y se afirmaba.
—Por favor, perdóname.
Se quedó esperando la sentencia de muerte, demasiados desprecios había sufrido su Carmen, él no iba a excusarse .Sus equivocaciones le pesaban, la verdad se alzaba como un canto triunfal, quería una vida junto a ella y no se merecía una oportunidad.
Ella parpadeó varias veces, hasta que entendió la respuesta.
— ¡Si!
Cortito y contundente, como un buen trago de oporto. Las lágrimas llegaban y habitaban los ojos de ambos, con las manos sucias, le secó torpemente las que empañaban su rostro. Sus dedos se entrelazaron con los de ella, eran una sola cosa.
— ¿Te gustaron las rosas?
Carmen entendió todo, su hermana, sus maldades. Alzó los ojos para enfrentarla, Ana Laura se resguardó detrás de su madre, quien la protegía de los reproches.
—Las flores estuvieron hermosas—acarició una magulladura en su mejilla, retiró los mechones desordenados, que cubrían su frente.
El beso que le robó delante de toda su familia y la peonada, la sorprendió. Le arrancó una sonrisa, que él supo suya.
Una tos seca, los interrumpió .Su padre fruncía el ceño, las manos en la cintura no presagiaban nada bueno. Con voz de mando sacó a relucir su grado militar:
—Lo espero adentro—batió las palmas llamando al orden — ¡Que están mirando!, les voy a dar estar opeando.
Los peones de la finca retomaron sus actividades, respetuosos de su patrón, la Fidela los pondría al tanto de la buena nueva, esperarían para festejar el compromiso de la niña Carmen y el valle sería una fiesta .La alegría del amor del poeta y su musa, nacería en una copla y florecería en una zamba.
FIONA GARAY


Relato propio en respuesta al reto literario ,PIEDRA PAPEL Y TIJERA ,de Marcela de Colorín Colorado...http://colorincoloradoblog.blogspot.com.ar/


A los Bloggers visitantes...Gracias...


Gracias a Marcela que siempre me alegra con su presencia y por contagiar esas ganar de crear algo lindo siempre.









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