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domingo, 23 de diciembre de 2012

Feliz navidad!




Si hablamos de la navidad ,les diré que tengo variados recuerdos.
Cuando era niña la pasaba en la casa de mi abuela,con las pocas primas que éramos...con la ansiedad de los regalos...
Con el misterio de Papá Noel.
Con los aromas que salían de la cocina de mi abuela Elma.
El aire a limpio y ordenado de mis tias. Los cohetes y cañitas voladoras ,que esperaban hasta que nos dejaban manipular lo justo y necesario.
Cena de mesas largas,donde los problemas ,dolores,penas,se guardaban en un cajón oculto .
Les dejo un cuento de Estela Escudero ,autora del libro :"Un poema para Stefan"


        Dicen que hubo un milagro de navidad, ocurrió en Yprés, Bélgica el 24 de diciembre de 1914; fue cuando los hombres parapetados en las trincheras escucharon cantar Noche de Paz; entonces, dejaron apoyadas sus armas en el barro y comenzaron a entonar villancicos. A ambos lados de la línea ellos cantaron; luego, despacio, salieron de las zanjas para intercambiar improvisados regalos, y se mostraron cartas, y fotos familiares. Esa noche la artillería no arrojó metralla, los caídos fueron sepultados en presencia de los dos bandos—y algunos en inglés y otros en alemán— juntaron sus voces en la misma plegaria. 
Dicen que fue el último milagro de navidad, ¿quien puede saberlo? Porque siempre el adviento es tiempo de pedir, y tiempo de orar.
Ella puso a remojar las pasas y la fruta seca, usó un licor de guindas que había guardado y se preguntó cuál era el sentido de cocinar pan dulce, con el calor que hacía y siendo tan sólo dos para la nochebuena. Quizá en otra época —tiempos de niños y sin ausencias— el ritual de preparar comida casera había tenido razón de ser. Pero ahora, con los hijos lejos, ni armar el árbol y ni adornar la casa le fue placentero, apenas un acto mecánico, carente de la silenciosa alegría que la inundaba en la navidad.
Pero era tiempo de adviento, y había que sobreponerse.
Unió en un bol uno a uno los ingredientes hasta que la masa lisa y esponjosa estuvo lista, la puso a reposar, se lavó las manos y de pie en la cocina recordó otras navidades: su hijo robando almendras y su hija sentada allí, en un banco alto con su delantal de apliques escoceses y en la falda el cuaderno donde había apuntado los ingredientes, las cantidades y el “cómo elaborar” pan dulce.
Al irse, ellos se llevaron ese tiempo, el que no vuelve, el que no se repite, el que late en el corazón. El varón se fue con los mates de las cinco de la tarde, y su hija se llevó consigo el cuaderno de recetas. Quizá ahora, lejos y en su propia casa, estaría dejando reposar la masa. Tal vez ambos repitiera la tradición de contar historias navideñas, porque dentro de esa cocina, ella había transformado el divertimento en una liturgia que llegaba con la nochebuena y había recreado para sus hijos muchos cuentos: de renos y trineos, de Scrooge y sus espectros, de Clara, el príncipe Cascanueces y la reina Rata. Eran historias mágicas que hablaban de milagros en navidad.
Tiempo de adviento, tiempo de creer y de esperar.
Tomó la masa que ya había crecido lo suficiente, la separó en dos partes y colocó una dentro de un molde de papel, a la otra la aplastó hasta crear un rectángulo chato, un perfecto Stollen con su particular forma que evoca al niño Jesús en el pesebre, y se quedó pensando en cuál historia hubiese elegido contar de haber estado la familia reunida nuevamente. Y quizá por aquello de que la que pena tizna cuando estalla y por sentir el alma bruna, el cuento que recordó carecía de color, tenía barro frío y lo sobrevolaba el dolor. Y miró los panes, el horno encendido y sintió el impulso de cerrar todo, desechar la masa, apagar las luces, irse.
Cuando la puerta de la cocina se abrió pensó que su esposo había regresado temprano, y de hecho estaba allí, pero no solo, sus hijos, nuera y yerno venían con él. La algarabía de las sorpresas llenó de risas la casa, valijas en la sala, exclamaciones, abrazos. Y como si el tiempo no hubiese pasado, su hijo buscó la lata de almendras y preparó el mate y fue su hija quien hizo un corte en cruz sobre la masa en el molde de papel, y pintó con manteca tibia el Stollen alargado, luego, ambas llevaron los panes a cocinar.
Y esa noche, reunidos en la sala y a la hora de narrar, les contó aquella historia de los soldados en la gran guerra cuando —cantando bajo la nieve en la tierra de nadie— fueron capaces de alejar la soledad y la tristeza, pusieron luz allí donde se alzaba el dolor y en nombre del amor dieron prueba de que la fe nunca es en vano.
Algunos piensan que fue el último milagro de navidad —les dijo— pero yo creo que están equivocados, los milagros anidan dentro del corazón de los que sueñan y desean, nos dan la fuerza para seguir cuando queremos bajar los brazos, y a veces, en épocas de adviento, pueden hacerse realidad.
Nadie dijo nada, las guirnaldas del árbol titilaban, el pan dulce presidía la mesa, su hija sonrió y le tomó la mano.
En la corona de adviento la vela del niño Jesús brillaba: era tiempo de luz, tiempo de amar.


Feliz navidad
Fiona

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