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lunes, 7 de julio de 2014

TE REGALO UN CUENTO ..."La paz menos pensada" de Luis Carranza Torres





El escritor Luis Carranza Torres ,nos regala un cuento para los lectores del blog. ¡Disfruten!


Por Luis R. Carranza Torres


Las misiones humanitarias de las Naciones Unidas, son la legión extranjera del siglo XXI. Un lugar para quienes buscan aventuras, o desesperados que intentan darle un sentido a su vida.
Yo no estaba en ninguno de los dos grupos. Nunca había querido ir allí. Era un voluntario a la fuerza.
Cuatro meses antes, mi antiguo superior en el Grupo de Operaciones Especiales, me había ordenado que lo pasara a ver. Ahora estaba en su nuevo destino, a cargo del departamento de operaciones de paz, en el estado mayor general. Sin ninguna gana, sin curiosidad si quiera, me puse mi uniforme de servicio completo y tomé el tren para cumplir la orden. Porque no dejaba de ser eso. Una orden, apenas disfrazada como un pedido casual.
Subí al séptimo piso del palacio de cristal (así se le decía al estado mayor en la jerga de las unidades), y finalmente di con su oficina. No me hizo esperar, y me saludó efusivamente delante de todos. Pero luego, cuando cerró la puerta, comenzó a recriminarme por el camino que según él estaba tomando mi vida.
Los superiores de uno, por lo menos en lo que a las fuerzas armadas se refiere, se consideran como segundos padres. Y, a veces, hasta se ponen en primer término. Mi ex jefe estaba entre esos. Le habían llegado las noticias de mi mala racha, si es que así se le puede decir. Todo parecía andar mal en mi vida, y mi carrera militar no era la excepción.
Estaba en crisis, y una de las grandes. De esas que le hacen perder a uno la fe en que la vida tenga cualquier sentido.
—Ivana vino a verme. Está preocupada por usted.
Fue lo primero que me dijo en lo que presté atención. ¿Qué podía conversar mi ex esposa con mi ex jefe? Nada bueno, supongo.
—Ella me dejó.
—Perder un hijo es algo terrible—me dijo.
Sí, por supuesto que lo era. Pero aun más, saber que había pasado por una incompatibilidad genética entre nosotros dos. Nunca la gente se culpa más, que cuando carece por completo de cualquier responsabilidad respecto de situaciones terribles. Nuestro matrimonio no sobrevivió a esa muerte. Lo que no te fortalece, termina destruyéndote. Yo siempre negué el problema. Mi ex, siempre tan práctica, optó por abandonarme. Supongo que antes de salir con alguien, la pedirá una prueba de ADN.
—Piensa que, bueno, usted puede llegar a estar pensando en hacer alguna tontería.
Suicidio. Esa era la palabra. Lo miré a los ojos, por primera vez, y me esquivó la mirada. Parecía sincero en su preocupación por que me quitara la vida. Pensé en decirle alguna palabra tranquilizadora, pero no sé mentir. Había jugado con la idea por demasiado tiempo, para poder hacerlo sin cargo de conciencia.
  —Lo he propuesto de voluntario para una misión de ONU en África. Mandamos el hospital reubicable allí, pero se trata de una zona caliente. Necesitamos a alguien que se haga cargo de brindarle seguridad.
Miré hacia la ventana, a la Av. Los Inmigrantes, como si no lo hubiera oído. Formalmente, integrar cualquier contingente de Naciones Unidas era una cuestión enteramente voluntaria. Pero cuanto los voluntarios escaseaban, o se necesitaba a determinada persona, personas como mi ex jefe, “proponían” que te ofrecieras como voluntario. Por supuesto, negarse no era una opción. Al menos, si se quería seguir vistiendo uniforme.
—Estamos hablando de ser jefe de un escuadrón de seguridad y defensa. Su primer comando. Nada mal para un capitán.
Dirigir una unidad en una zona operativa. Habría gente que hubiera hecho cualquier cosa por obtenerlo. Yo entre ellos, antes que me pasara lo que me pasó. Ahora, simplemente lo escuchaba como si estuvieran hablando de otra persona.
—Un cambio de aire le va a venir bien. Además, bueno creo que estar lejos de casa y en un lugar terrible, sirve para recuperar las perspectiva de las cosas.
—O para terminar de perderla—. Vi la sorpresa en su rostro, por mi dicho. Yo también estaba asombrado de haber proferido esa expresión.
—No hay que ser tan negativo, hombre. ¿Va a ofrecerse voluntariamente, o tengo que sacarle una comunicación por escrito?
Me levanté del asiento. Ni siquiera había tocado el café que tenía a mi lado.
— ¿Por qué no?—mi modo de aceptar fue con una pregunta. No me había entusiasmado en absoluto el ofrecimiento. Pero quería terminar con esta charla sobre mis errores y debilidades, tan pronto como se pudiera.
—No creo que pueda perder nada más, en África o cualquier parte. Me da igual—agregué, antes de salir de esa oficina. Lo hice sin despedirme, ni pedir permiso.


Un mes y algo más, trataba de dormir en medio de los sacudones que producían los pozos de aire al avión Hércules que nos conducía al remoto punto en que debíamos pasar los siguientes seis meses a un año de nuestras vidas.
Estábamos en el fondo de África. En un país de cuyo nombre no quiero ni acordarme. No por remedar a Cervantes. Sólo que es tanta la negación que tengo con este sitio, que ni su nombre quiero pronunciar.
A lo largo de los asientos de red dispuestos en dos hileras, espalda contra espalda, se ubicaba mi nueva unidad. Ocupábamos la mitad de la bodega que no tenía carga. Los otros asientos, sobre el fuselaje del avión, pertenecían a los médicos. Aunque unos y otros lleváramos puesto el mismo uniforme de combate camuflado, y la gorra celeste con el logo de las naciones unidas, no podíamos ser más distintos.
Los médicos no llevaban armas, y nosotros íbamos cargados de ellas: Granadas, pistolas, un par de ametralladoras MAG y los largos fusiles de asalto FN FAL. Mi primera decisión fue dejar en casa los fusiles más modernos Heckler & Koch HK 33 y llevar los viejos FN FAL. No fue la mía, una decisión por nostalgia. Si íbamos a disparar en una selva, o en los espacios de la sabana africana, prefería hacerlo con la munición de 7,62 mm mucho más potente que la de 5,56 mm de los fusiles alemanes.
En teoría, por ser una misión de paz, no se nos permitían más armas que las de puño. Hablé con mi antiguo superior y culpable de mi envío a este encargue, y me autorizaron los fusiles. Las ametralladoras pesadas, era algo que venía por mi exclusiva cuenta. Por supuesto, estaba por fuera de toda regla. Pero confiaba en que mis hombres mantuvieran esa habilidad de siempre, para disimularlas. Las habían desarmado y puesto por separado.  
—Debería intentar dormir, Boss. Falta todavía un buen traqueteo para llegar al paraíso.
Fue un comentario dicho con el mayor sarcasmo, de parte del hombre que tenía a mi lado. Tenía sobre el bolsillo izquierdo de la guerrera, la insignia de suboficial ayudante. En el hombro izquierdo, llevaba el parche de hombro con la palabra “comando”, en gruesas letras negras sobre verde oscuro. Tal como yo mismo, y como todos los que había conseguido que me acompañaran a esta expedición de locos.
Era Banegas, mi encargado de escuadrón. Habíamos hecho juntos el curso de fuerzas especiales, y éramos amigos desde entonces. Estuvo a mi lado en los peores momentos, y creo que se había sentido un poco obligado a no dejarme solo en esta. A diferencia mía, tenía un hogar feliz, con una mujer que lejos de abandonarlo como la mía, parecía quererlo más conforme pasaban los años. Cinco hijos eran una de las constataciones palpables en carne y hueso, de ese afecto marital.
Debía apreciarme mucho, para dejar todo eso por acompañarme al medio de la nada, para peor en medio de una guerra civil que oficialmente había concluido en más de un papel firmado, pero que en los hechos nadie terminaba sobre el terreno.
— ¿Vio la doctora del fondo, Boss? Está buena.
Llamarme Boss en lugar de señor, como marcaba el reglamento, era una de las típicas actitudes de Banegas. “Jefe”, es el modo informal de llamar a un superior. Denota además, un vínculo de cercanía. Como el idioma operativo de ONU en esta Misión era el inglés, Banegas había optado por traducir el término.
—Suboficial, usted es un hombre casado, y no me parece que haya cambiado de estado, en este viaje—le dije. Todavía me dolía el recuerdo de la despedida en el aeropuerto. Su mujer había ido con todos los críos a despedirlo. A mí, por supuesto, nadie. Lo envidié mucho por eso.
—Yo sí—Banegas se sonrió pícaramente mientras me hablaba—. Pero no usted, Boss.
Miré, mas para no decepcionarlo que otra cosa. Estaba última en la hilera de médicos cuyas orejas estaban invariablemente cubiertas con auriculares de música portátil. Pero ella, en lugar de tratar de dormir, leía. Nada esconde más el cuerpo de una mujer, que un uniforme militar. Pero en el caso de ella, aun su holgado uniforme camuflado, no podía dejar de insinuar la existencia, por debajo, de ciertas curvas típicamente femeninas. Debía estar cerca de los treinta años, y había recogido su cabello cobrizo firmemente hacia atrás, en algo parecido a un rodete sobre la nuca. Aun así, no dejaba de verse que era bastante ondulado y rebelde.
Me llamaron la atención sus ojos. Y no sólo por su color verde. Eran inusualmente ávidos y penetrantes. Se movían con dedicación, al parecer, por las líneas de texto del libro. Su tapa era color ocre, con una estatua negra con los brazos extendidos. Secretos de algo, era el título. No podía ver todas las palabras. Una de sus manos tapaba el final del título.
Cuando dejé de tratar de leer el título, y quise volver a observarla, descubrí ella también me miraba. Por algún motivo, me sentí incómodo. Ella sólo se quedó observándome, sin reflejar expresión alguna en el rostro. Luego volvió a su lectura. Sólo entonces, pude dejar de mirarla.
— Hermosa mujer—sentenció a mi lado Banegas.
—La belleza, en los lugares problemáticos, es siempre una maldición—le dije, a modo de contestación.
Por primera vez en mucho tiempo, alguien me había conmovido con la mirada. Algo había detrás de ella. Al igual que existía en mí una desesperación interna, detrás de esa mirada fría que tenía con todos.
Había algo en sus ojos, que me recordaban a los míos, cuando no tenía más remedio que verme en el espejo, al afeitarme cada mañana.



Aterrizamos en una pista tan calurosa como polvorienta. El hospital reubicable se hallaba cerca de ella. A un par de cientos de metros, según pude calcular desde la pequeña ventana circular enfrente de mi asiento.
Cuando la aeronave finalmente se detuvo, la puerta trasera del Hércules C-130 se abrió con el ruido seco del sistema hidráulico, bajando la rampa de carga, y dejando paso a un sol enceguecedor.
Los irlandeses del contingente que veníamos a reemplazar, nos esperaban con todos sus bagajes a un lado de la improvisada pista. Un par de saludos, alguna mínima conversación entre los jefes, y pronto estaban partiendo. Ninguno de ellos tenía ganas de quedarse más que lo indispensable en ese lugar.
—Fucking place. Now, all yours—dijo uno de los últimos en subir al C 130. Pronto, eran un punto que desaparecía en el cielo. Todo había sido muy rápido, la aeronave ni siquiera había detenido sus motores turbohélice, mientras descendíamos y embarcaban ellos.
Intuía las razones de su mal ánimo. Recorrimos toda el área, con Banegas. Los médicos y demás auxiliares de la salud, todavía estaban allí, esperando que alguien les dijera a dónde ir o qué hacer. Conversaban en varios grupos, cerca de donde se apilaban esos cilindros de de tela plástica color verde oscuro, de un metro de largo por cuarenta centímetros de grosor. En la jerga le decían "bolsa marinera", aunque no estuviéramos en la Armada. Allí era donde debía acomodarse, capa tras capa, las pocas cosas personales que se permitía traer y el equipo individual que debía usarse en la misión a cumplir en ese sitio perdido de todo y de todos en el mundo.
            Vi con cierto dejo de orgullo, que mis hombres tras echarse al hombro sus mochilas, cargaban sus armas y establecían un perímetro alrededor del personal médico. Nadie les había dicho nada, pero era lo que debía hacerse en estos sitios. Proteger al personal del caso. No me había equivocado, al elegirlo uno por uno. Responderían en la peor de las situaciones. Si eran suficientes para cumplir con nuestra misión si la cosa se ponía espesa, era otro cantar totalmente distinto.
 Debíamos proteger ese sendero de tierra recto de trescientos metros de largo por cincuenta de ancho, que hacía las veces de pista; también la unidad médica establecida a su lado, con alrededor de ciento cincuenta personas. Y por su fuera poco, custodiar los traslados de personal y aprovisionamientos entre el hospital y las aldeas vecinas. Todo, con menos de cuarenta hombres.
Volvimos a donde nos había dejado el Hércules. Mientras el personal sanitario luchaba por arrastrar sus bolsas hacia dentro de la muralla de bolsas de arena que cercaba el hospital, llamé a mis oficiales y distribuí las tareas. Era dos tenientes y un alférez. Todos habían sido alumnos míos en el curso de fuerzas especiales.
—Vamos a dividirnos en tres secciones de seguridad—les dije. Las nombré, con esa falta de originalidad propia del oficio, por las denominaciones del alfabeto operativo: —. Romero, a cargo de la Alfa. Silvestre, va con la Bravo. Benítez, toma la Charlie. Una en servicio, otra en reserva y la tercera en descanso, por turnos de veinticuatro horas. Distribuyan la gente y establezcan ustedes los turnos.   
No necesitaron que se los dijera de nuevo. Eran sangre joven, y ese su primer despliegue operativo. Lo que se ordenara, era una atrayente aventura.
Banegas me miró con ojos sombríos, cuando quedamos solos. No me lo dijo, pero supe que pensaba lo mismo que yo: aun sin oposición o agresiones de nadie, nos esperaban meses muy duros. Y tanto él como yo, aunque fuera nuestra primera vez en este continente, sabíamos aquel dicho del curso de fuerza de paz de ONU: En África, cuando haces algo estúpido, te mueres. La muerte es el impuesto que se cobra a los errores.




 La oficial médica que me había llamado la atención en el avión, se llamaba Ana Miglia. Integraba el equipo de cirugía general. Y era tan bonita como seca en las maneras. Jamás le vi hablar más de diez palabras con alguien, incluso durante su trabajo. Nunca sonreía, ni compartía nada con nadie. Hacía sus comidas en silencio. Luego del horario de actividades, la podíamos ver con sus libros, distante de todo y de todos. Nunca se quejaba de nada, tampoco demostraba la menor emoción. Simplemente estaba allí, silenciosa y eficaz en su trabajo. Por eso, no tardaron en apodarla “la esfinge”.
Una pelirroja de ojos verdes no pasa desapercibida en África. Ni siquiera entre nosotros. Las largas filas de pacientes que atendíamos cada día, pronto le dieron otro apodo: daktari mzuri. Doctora buena, en suajili. Se entregaba a sus pacientes. Tomaba los casos que otros colegas descartaban como enfermedades sin solución. Permanecía al lado de los moribundos, negándose a cesar de tratarlos.
Esa dedicación sin límites para quienes la necesitaban, me mal predispuso con ella. Como parte de las actividades programadas de “construir la paz” (peace building) acudíamos a algunas aldeas cercanas para atender a quienes no podían ir hasta el hospital. Nosotros dábamos seguridad al equipo médico del caso. En una de esas salidas, el teniente Romero del equipo Alfa me vino con la novedad que había entrado en una zona minada para rescatar a un niño que, como tal había estado jugando en un lugar donde no debía. En otra ocasión, con el equipo Bravo, se negó a volver para acompañar a un anciano desahuciado en sus últimos momentos. Debieron pasar allí la noche. Transitar luego que el sol caía por cualquier camino de la zona, era exponerse a una emboscada.
Para los nativos sería una santa, pero en lo que a mí concernía, como oficial a cargo de la seguridad, era un condenado problema.




Pese a los acuerdos de paz, esta zona es un polvorín a punto de estallar. Casi todo el mundo está armado. Hasta los mismos niños. Banegas le convido chocolates a uno, que venía con su madre y otros dos hermanitos a ser atendido en el hospital. Tendría unos ocho años. Regresó al rato, junto con otro de sus hermanos que no pasaba de cuatro años. Entre los dos, a duras penas cargaban un lanzacohetes antitanque ruso, del modelo RPG 7. Completito, con tubo lanzador con proyectil incluido. Capaz de perforar a novecientos metros, sesenta centímetros de blindaje.
Se lo regalaron a Banegas, agradecidos por los chocolates. Cuando les preguntó de dónde lo habían sacado, le dijeron que era de su padre. Mi encargado de escuadrón me llamó a que fuera a ver. Supongo que nunca se imaginó que dos niños lo sorprenderían con eso. Yo tampoco.
El más grande entendía inglés. Le pregunté si su papá no iba a enojarse con ello porque se lo hubieran sacado. El niño me sonrió despreocupadamente, con dientes muy blancos, antes de contestarme:
—No problem. Baba has many like that.
No sé por qué me sorprendería que tuviera otros más. La guerra civil había dejado a casi cada aldea y hasta familia del país, en esa parte, con un verdadero arsenal.


Me desperté sobresaltado, en medio de la noche. El corazón me palpitaba y tenía el cuerpo mojado por el sudor. El calor es terrible, y no duermo demasiado bien. Pero lo uno no tiene nada que ver con lo otro. No he tenido una noche en paz desde hace demasiado tiempo. Ya no sé lo que es acostarse a dormir, y simplemente hacerlo.
Como siempre, bajo la almohada he puesto mi pistola. Está cargada, con munición en recámara, sin seguro alguno y en el martillo caído. Es la forma más práctica para poder emplearla en caso de necesidad. Y de no ser porque hay tanto médico dando vuelta, y duermo con uno que es una nulidad para las armas, hubiera montado también el martillo.
Cada vez con mayor frecuencia, pienso que estoy a un solo disparo de acabar con todos mis problemas. En una vida sin sentido, uno acaba también por carecer de él.
La vida no es más que algo absurdo. Y yo sigo viviendo en ese absurdo, sin tener el valor para acabar con todo. Hace ya tiempo que dejé de pensar en que podría mejorar en algo.
No sé qué es lo que me impide a llevarlo a cabo, de una buena vez. Simple instinto de supervivencia, tal vez. Pero la tentación, era cada vez más frecuente, y más fuerte.

   

Nunca pensé que fuera a ser fácil. Tenía todas las posibilidades en contra. Pero la realidad superó mi pronóstico más pesimista.
Oficialmente la guerra había terminado. Pero en esa parte perdida del país, al parecer nadie se lo había dicho a las cuatro o cinco facciones que luchaban entre sí. O ellas no querían darse por enterados.
Se trataba de pequeñas trifulcas, que nada tenían de combates, salvo por las armas y los muertos. Y para todos los pseudo guerreros en pugna, el hospital resultaba un objetivo altamente rentable. Allí había desde antibióticos a opiáceos que valían oro en el mercado negro.
Un contratista civil de Naciones Unidas, había construido un muro con bolsas de arena, de casi dos metros de alto por uno de ancho, alrededor de los módulos metálicos tipo contenedores que conformaban el hospital. Por encima de las bolsas, estaban dispuestos varios círculos de alambre de púa. Pero no había portón ni otra barrera en el espacio libre por el que se ingresaba. Pedí a la Cell Log (órgano logístico) de la misión que mandara algo, pero la burocracia lo es en todas partes, y se demoraba en llegar.
Para paliar la falta, cruzaba uno de los camiones Unimog que teníamos, delante de la entrada. Fue lo mejor que se me ocurrió.
Por fuera del muro, doscientos metros de terreno más o menos despejado, nos separaban de una jungla impenetrable.
Al principio nos dejaron tranquilos. Supongo que nos estaban estudiando, como antes habrían hecho con los irlandeses. Ver cómo éramos. Luego, cuando entendieron que ya había sido suficiente, empezaron a importunarnos. Todas las noches nos disparaban. En cada ocasión, desde distintos sitios. Pero esa noche, era distinta. Pasaba de la medianoche, y los disparos usuales brillaban por su ausencia.
Estábamos con Banegas, echados bajo el camión que hacía las veces de tapón a la entrada, tratando de ver qué carajo estaban planeando nuestros amigos de la oscuridad para nosotros.
—Nunca hay tanta calma como antes de un ataque—me dijo por lo bajo, el encargado de mi escuadrón.
Era como si hubiera pensado lo que me pasaba por la cabeza.
— Que el equipo Alfa refuerce al Charlie en el perímetro. El equipo Bravo evacuará a todo el personal sanitario a los refugios. Luego de eso, queda como reserva, junto a nosotros. Hagan todo rápido y en silencio. Cero comunicaciones por las radios. Nos pueden estar escuchando.
Banegas se perdió en la oscuridad, a transmitir mis órdenes. Escudriñé la oscuridad, sin advertir nada fuera de lo usual. No había pasado un minuto, antes que lo tuviera a Benítez a mi lado, informando que los sensores de movimiento habían detectado gente en el perímetro.  Me indicó por señas en donde: un tanto a nuestra izquierda, por la pista. Luego abrió y cerró dos veces el puño. Diez cuanto menos. Le hice un gesto que volviera a su puesto.
Me sentí impotente. Las reglas de empeñamiento de la ONU, no nos autorizaban a disparar salvó que ellos, quienes fueran, nos atacaran antes. Y seguían avanzando sin hacerlo.
Vi hacia atrás. El personal médico, con caras de haber sido sacudidos de su sueño, se dirigía con sus uniformes a medio vestir, y cascos sobre sus cabezas, a la línea de trincheras que habíamos excavado a un lado de las tiendas donde se dormía. Al menos, estarían a cubierto de los disparos de superficie. Era lo mejor que podía hacer por ellos.
Escuché entonces los disparos. Tres o cuatro, contra la torre de observación, que hicieron estallar el reflector que había allí. Banegas volvió a la carrera a mi lado.
—Al parecer, van a querer entrar—me dijo, apuntando su Fal hacia adelante. Tal como lo estaba haciendo yo.
—Bengalas—dije. No hizo falta más aclaraciones. Banegas tomó la pistola de señales y la apunto al cielo, antes de dispararla. Sonó entonces un chasquido seco. Diez segundos después, una explosión asordinada, en el cielo, alumbro la noche. Pudimos entonces verlos. Un grupo que se hallaba a no más de cien metros de donde estábamos. Parecieron sorprenderse por la bengala. Se sintieron descubiertos, y comenzaron a disparar hacia donde estábamos.
— ¡Fuego libre!—grite. La orden se repitió a lo largo del muro.
Batimos la zona con fuego de fusiles y de las dos ametralladoras MAG que había hecho colocar sobre los contenedores más próximos al muro. Y en tanto la luz de la bengala volvía lentamente a tierra, apagándose en su camino, pudimos ver como empezaban a retirarse.
—No les van a quedar ganas de joder, ahora—dijo Banegas, mientras cambiaba el cargador de su fusil.
La oscuridad había vuelto, y todo era silencio. Luego de unos momentos, empezamos a escuchar los gritos de alguien que pedía ayuda.
Nos miramos sin decir nada. Probablemente fuera una trampa.
—¿Van a quedarse ahí, sin hacer nada? Ese hombre está pidiendo nuestra ayuda.
Era la voz de una mujer, a nuestras espaldas. Me volví, y pude ver como mi dichoso problema estaba en cuclillas, por detrás de nosotros. Llevaba puesto un casco con una gran cruz roja en el frente, con el barbijo sin abrochar. Llevaba cruzado un gran bolso verde, con otra cruz idéntica.
—Vuelva con los demás—le ordené.
No me hizo caso. Sólo me miro con mayor enojo.  
—Estamos obligados a darle asistencia médica—insistió.
No le contesté, haciéndole una seña para que se fuera. Tonto de mí. En lugar de eso, escuché sus pasos. Se había metido por el medio metro que había entre el camión y el muro, para desaparecer en la oscuridad. Justo hacia donde se escuchaban los gritos.
Fue muy rápida. Se nos había escabullido, antes que pudiéramos hacer algo para detenerla.



Me sentía un tonto. ¿Quién en su sano juicio hacia eso? Era como si buscara que la mataran.
— ¿Qué piensa hacer?—me preguntó Banegas.
Mandar a alguien a esa tierra de nadie, era sumar una baja más, a lo que ya pudiera pasarle a la inconsciente de esa médica.
—Voy yo—le dije.
Sabía que sumaba un error a otro. Era el oficial al mando. Justo a quien todos los manuales y reglamentos, le prohibían ir. Podía mandar a cualquiera, pero no ir yo. Se suponía que me preservara del riesgo, para seguir mandando al resto. Pero todos mis hombres tenían esposa, hijos, o novias. Yo era el único que de perderse, nadie sufriría en casa.
Banegas pescó al instante, que lo mío ya era una decisión en firme.
—Lo acompaño, Boss— se ofreció.
—No. Con un loco ya es bastante. Usted se queda acá, suboficial. Como los demás.
No le gustó la orden. No me importó. Buscaba protegerlo que hiciera algo tan estúpido como lo que yo estaba por llevar a cabo.
—Al menos, lleve el visor nocturno, Boss.
—Creí que no tenía baterías.
—Las puse hoy al sol. Eso debería darle algo de energía residual.
Era el único aparato portátil que teníamos. Banegas me lo alcanzó. Se trataba de una especie de binoculares que apoyaban en los ojos. Los sujetaba desde arriba una vincha rígida de plástico, que se colocaba uno en la cabeza. Me saqué el casco y me lo puse. Lo encendí, tan pronto me arrastré por debajo del camión, en su búsqueda.
La uniforme oscuridad de la noche se me reveló entonces en todos sus detalles. Al parecer, el truco del sol funcionaba. Podía ver nítidamente lo que se hallaba a donde mirara. Tal como si lo apreciara de día. Eso sí, era una imagen en un solo color: el verde.
Espere que durara lo suficiente como para dar con ella. Me orienté por donde iba antes de poder verla. Se arrastraba haciendo demasiado ruido, como para no encontrarse con problemas.
Maldita mujer, jugando a la buena samaritana. Cualquiera fuera el grupo que nos había atacado, de capturarla no repararían en nada. Demasiada europea, con sus cabellos rojos y sus ojos aguamarina, como para no asociarla en el inconsciente con una larga y ancestral lista de agravios de los dominadores coloniales de antaño. La violarían hasta el cansancio, antes de torturarla. La muerte, de caer en las manos equivocadas, solo sería para ella la forma más piadosa de terminar con el terror.
Avancé en silencio, con mis codos y talones. Llevaba el FAL aferrado con ambas manos, procurando estar lo más pegado al suelo. No me hacía muchas ilusiones de mi invisibilidad. La tecnología había llegado hacía ya tiempo a África. Que otro tuviera el mismo equipo que yo para ver en la noche, era solo una cuestión de tener mala suerte. Y últimamente, yo era un especialista en esa materia.
Creo que no percibió mi presencia, cuando me coloqué el paralelo a ella. Estaba a una veintena de metros, pero se movía más rápido que yo. Con la ayuda del visor, pude ver su rostro. Estaba poseída de una obcecación por descubrir en la oscuridad, a ese ser que le lamentaba y pedía ayuda en suajili e inglés.
— ¡Help!, ¡msaada!
Supe de inmediato, que se trataba de una trampa. ¿Quien pide socorro en medio de la noche, a los gritos en dos idiomas, en medio de una zona donde acaba de librarse un combate? No era el miedo, ni el instinto de supervivencia. Quería atraer la atención de alguien. Lograr una buena víctima, que pudiera exhibirse en la televisión, o delante de los suyos. Y lo estaba logrando.
Aun cuando no supiera exactamente para qué lo hacía, tenía perfectamente en claro que no se trataba de un inocente en peligro.
El peligro estaba de nuestro lado. Y pisando los talones de esa médica insoportable, de modo particularmente acentuado. La muy tonta, cándida o como le quieran decir, ni cuenta se daba.
Ella, en la oscuridad, no podía verlo. Yo sí. Cómo nuestro demandante de ayuda se le iba acercando. Se cubría perfectamente en el terreno. Y por supuesto, ni estaba herido ni parecía necesitar ayuda alguna. Esa misma que pedía a gritos, a fin de emboscar a su víctima. Y en tanto hacía eso, apuntaba con su fusil AK 47, hacia donde el sonido de los pasos de ella lo orientaban. La buscaba por esos sonidos, para dispararle.
Por suerte, él tampoco podía verme. Y para más suerte de ella. Un nuevo sonido suyo, finalmente convenció a su emboscante de su cercanía. Éste echó una rodilla en tierra, afirmando el cargador del fusil en la otra.
Se afirmaba para disparar. Lo vi mover una pequeña palanca, casi donde la parte metálica se transformaba en culata. Imaginé que había puesto el selector para disparar en automático. Iba a barrer la zona con sus disparos, para tener más seguridad de acertarla a quien se le acercaba en la oscuridad.
Era cuestión de unos instantes, para que abriese fuego. Yo me le adelanté.
Mi primer disparo le dio de lado, en la cabeza. El segundo en el cuerpo, en tanto caía. Vi la expresión de incredulidad en su rostro. La del cazador, que entiende que se había convertido, sin darse cuenta, en presa.
No se levantó más. Es lo que tienen de eficaz las municiones de 7,62 mm. Poder de parada, le dicen. Abaten al que alcanzan, sin dar segundas oportunidades para que te devuelvan el disparo.
Llegamos con ella a un mismo tiempo, junto al hombre caído. Yo para desarmarlo, y la médica para asistirlo. Para entonces, las nubes en el cielo se habían disipado un tanto, y la luna proporcionaba cierta claridad. No demasiada, pero no iba a arriesgarme que los amigos de emboscada del caído, quisieran matarnos o capturarnos.
Debíamos irnos. Pero ella, nuevamente no quiso.
En lugar de entender que había salvado su vida, me recriminó por haberle disparado. Eso me enfureció. Decididamente, se trataba de alguien insoportable. Una de las pocas personas que me sacaba de mis casillas.
—No tenía por qué dispararle—me dijo.
En lugar de contestarle, tomé el fusil ensangrentado de su atacante. Le saqué la munición que tenía en su recámara, y se la lancé.
—Guárdela. Este es el proyectil con que su querido paciente iba a matarla.
Ella no dijo nada. Se me quedó mirando por unos momentos. Parecía como si recién entonces empezara a entender lo que había pasado. Luego volvió los ojos a la persona que se desangraba entre nosotros.
El hombre tenía los ojos entreabiertos, y musitaba con un hálito de voz, algo que no terminaba de entender. La parte izquierda de su cabeza, ya no existía.  
—Pole sana...po..le..sa...na.
Lo vendó con una rapidez que me sorpendió.
—Po...le..sa...
Aferró su mano, e intentó incorporarse. Ella se lo impidió.
—Kukaa bado—le dijo—. Nitakuponya.
No había que dominar como ella el suajilli para saber lo que le decía: que se quedase quito, que lo iba a atender. Maravilloso, pensé enfureciéndome aun más. Esta va a quedarse ahí para asistirlo, dandole a cualquier otro que esté en las sombras, la oportunidad de dispararnos. O han peor: de capturarnos con vida.
Ella le aplicó un vendaje por compresión en la zona de la cabeza que le había volado yo. Miré a los alrededores. Por suerte, no había nadie.
Luego, mi imagen en verde se extinguió súbitamente. Allá se iba mi toda mi ventaja en esta situación.
Ella estaba vendando su costado, cuando su paciente comenzó a estremecerse. Abrió la boca para decir algo más, pero no pudo. Súbimente, cerró sus ojos y sin articular otro sonido, su cabeza cayó pesadamente a un lado.
Busqué su pulso en el cuello, con mis dedos. No lo encontré. Estaba muerto.
—Dijo que lo sentía—me tradujo Ana. Sus ojos tenían lágrimas.
Si buscaba mi comprensión, no la obtuvo.
—Todo el mundo parece bueno, cuando muere— le dije—. Tenemos que irnos de acá.
No sentía ninguna lástima por él. Había intentado matarnos.
Ví entonces que ella juntaba sus manos sobre el pecho del hombre y empezaba a practicarle masaje cardíaco.
—¿Qué cree que está haciendo?—le pregunté de mal modo.
—Paré la hemorragia. Voy a tratar de revivirlo.
Me la quedé mirando. Era una locura lo que decía. Nada había parado. Probablemente, se había quedado sin sangre. O la sangre, sin el bombeo del corazón, había dejado de salírsele.
Un par de disparos, sonaron cerca nuestro. Demasiado para mi gusto. Debería haberlo pensado. Esto no era una trampa de un solo hombre.
—Nos vamos, ahora mismo.
—Váyase usted. Yo me quedo.
Ella ni siquiera pensó en lo que me contestó. Se la veía agitada, comprimiendo con las manos en el pecho de nuestro atacante.
No iba a discutir con idealista obsesa. Un "cross" a la mandíbula saldó el asunto. No me gustó hacerlo, pero se nos iba la vida a ambos en salir lo más pronto de allí.
Me la cargué al hombro y procuré volver agazapado, con el mayor sigilo posible. Pero los disparos eran cada vez menos esporádicos y más cerca. Alquien los debía estar dirigiendo con una ayuda nocturna como la mía. Por fortuna, o no le entendían o tenían mala puntería.
Calculé estar a unos ciento diez pasos de la mole oscura que era el muro de nuestra base. Luego de los primeros treinta, los disparos comenzaron a ser en ráfaga. No de dos o tres, sino de diez o más detonaciones. Eso revelaba que no se trataba de tiradores muy instruídos. Pero tampoco me hacía demasiadas ilusiones. Sabían que no tenían puntería, y habían empezado a saturar el área. Más tarde o más temprano, alguno nos acertaría.
Faltando sesenta pasos, casi me rendí a mi suerte. Por suerte no lo hice. Un momento más tarde, una explosión ocurrió muy por detrás nuestro. La noche se volvía día, otra vez, con gran estruendo.
Los disparos habían cesado. De repente.
No pude evitar darme vuelta a mirar, y ver como la selva de donde nos disparaban, estaba en llamas.
Supe entonces, que Banegas había hecho uso de su regalo, y les había acertado de pleno a los tiradores con un lanzacohetes ruso.





Al día siguiente, fuimos a buscar los cuerpos sobre el terreno. Me sentía extraño, había matado un hombre. Década y media como militar, cientos de ejercitaciones, dos despliegues operativos, y nunca había pasado por eso antes. Sabía que no había tenido otra salida que actuar como lo hice. Pero me sentía extraño lo mismo. No era culpa. Sólo un sentimiento de haber hecho algo que no me enorgullecía.
Lo que hallé entre los caídos, no contribuyó a mejorar mi ánimo. Uno de los atacantes que habíamos alcanzado en la oscuridad, era un niño soldado. Tenía cuanto mucho, diez años. Aun aferraba su fusil de asalto Kaláshnikov, con ojos muy abiertos y ristus de rabia, cuando lo hallamos. Ya estaba rígido, y no pudimos sacarle el fusil de las manos. Lo enterramos con él, con los demás. Nadie había ido a reclamar los cuerpos, y bajo el implacable sol africano, los signos de descomposición comenzaban a manifestarse.
Luego de inhumarlos, al volver dentro del recinto de la base, encontré a la médica que más me sacaba de quisio junto a mi tienda. Tenía un hematoma leve en su pómulo derecho. Tampoco me alegró ver eso. Había matado a un hombre, un niño y golpeado a una mujer. Si no fuera por el contexto, resultaría un ser terrible. Quizás, lo fuera en definitiva, aun con él.  
—Sólo quería agradecerle por salvarme—me dijo, muy seria.
—No tiene por qué. Cumplía con mi deber.
—Lo mismo. No tenía por qué ir usted.
—No iba a exponer a ninguno de mis hombres por esa estupidez que hizo.
La médica a quien llamaban daktari mzuri se me quedó mirando. Decidía si decirme o no algo. Por supuesto, al final lo hizo.
—¿Qué se supone que tengo que decirle? No voy a disculparme por intentar salvar a un semejante.
—Ni quiero que lo haga. Sólo que obedezca. Como cuando le dije que volviera a su refugio, anoche.
—Alguien pedía ayuda.
—¿Terminó muerto igual, no? Se expuso al vicio.
Ví la cólera brotar de sus ojos.
—Usted es un hombre imposible.
—No me diga. Habló la mujer razonable. Que expone las vidas de otros, para andar jugando a la versión médica de la Madre Teresa.
El comentario la sacó. Ya fuera por las palabras en sí, o el mal tono en que se lo dije. Por lo que fuere, consiguió ponerla fuera de sí. Y hacerla reaccionar como  nunca hubiera imaginado. Levantó su brazo sin tener noticia de ello, y antes que pudiera entender lo que estaba haciendo, ya me había estampado una sonora cachetada en la mejilla.
La había visto venir, y no había hecho nada para evitarla. Supongo que me lo merecía. Tal vez, creía que alguien debía castigarme por todo lo hecho.
Ella se quedó petrificada, luego de dar la bofetada, sin saber qué hacer ni decir. Abrió sus ojos, con un gesto supremo de sorpresa.
—Puede retirarse—le dije, después de unos momentos. La daktari mzuri no espero a que se lo repitiera. La vi irse, con paso apresurado. Hubiera jurado que por su expresión, ella estaba más que afligida de lo que había hecho.    
    

Sabía que alguien iba a interceder por ella. Lo que nunca se me hubiera ocurrido, es que fuera el propio Banegas.
—No sea duro con ella, Boss. Tiene sus razones para actuar así.
—¿Y cuáles son? ¿Idealismo? ¿Tozudez? ¿Culpa por no poder cambiar el mundo sola?
Banegas me miró con ojos circunspectos.
—Ella va a morir, Boss.
            —A todos nos va a pasar algun día. ¿Qué clase de excusa es esa?
Banegas negó con la cabeza, extrañamente serio.
—Ella sabe cómo y a qué edad va morir.
—Es adivina, entonces—me mofé.
—No. Tiene la enfermedad de Huntington, Boss.
No pude evitar sentirme pésimo, cuando averigué de qué se trataba esa enfermedad.
Un trastorno genético hereditario. Una vez más, las condenas que implicaba un ADN se cruzaban en mi camino.
Allí fue cuando entendí muchas cosas sobre ella. O respecto de su conducta. No era idealismo. Se trataba de la forma de lidiar con una sentencia de muerte sobre su cabeza, con plazo fijado.
Los síntomas comenzaban a manifestarse hacia la mitad de la vida de la persona que lo padecía. A partir de allí, todo era en bajada. Alteraciones cognoscitivas, psiquiátricas y motoras varias, de progresión muy lenta, por década y media. O un poco más, quizás. Su vida sólo sería a partir de allí, una degeneración neuronal constante, progresiva e ininterrumpida hasta finalizar, demencia mediante, en la muerte.



Si uno sobrevive por cuatro meses en donde lo hayan tirado, tiene derecho a una semana de recreación. En nuestro caso, fue en una playa, donde antes había existido un hotel y actualmente se utilizaba para logística y recreación del contingente de la ONU en el país.
Uno podía tirarse sobre la arena, o bañarse en las aguas azules del mar, y creer que estaba en un lugar paradisiaco de esos que se enseñan en las agencias de viajes o en la sección turismo de los diarios. Pero solo era una sensación falsa, que duraba hasta que uno volvía la vista a las torres de observación en los límites del cerco electrificado que rodeaba al complejo.
O veía a las parejas de soldados armados, custodiándonos desde lejos.
Dudaba si bañarme o ir bajo la palmera en la que Banegas y sus esbirros habían dispuesto una parrilla y estaban por preparar un asado. Entonces la vi venir hacia mí, con cara de pocos amigos. No habíamos cambiado palabra desde la última discusión. Había querido tener un gesto de acercamiento con ella. Pero como podía ver, no había resultado en lo absoluto.
Se paró frente a mí, tapándome el sol, antes de tirar a mi lado lo que traía en la mano. Tenía puesto un bikini diminuto, blanco con lunares azules. Llevaba un pareo de colores a la cintura, e iba descalza.
—Creo que eso es suyo.
Vi  en la arena, la insignia que le había dejado en un sobre a su nombre en la recepción del hotel. Era de metal. Una especie de paracaídas del que salían unas alas, y que sostenía una espada romana vuelta hacia arriba, cruzada por un rayo.
—Buscaba dárselo. Se lo dejé a su nombre en la recepción, porque no sabía si iba a aceptarlo.
—Tenía razón en suponer eso. No quiero nada suyo.
¿Qué podía decirle a ello? Me encogí de hombros. Estaba realmente hermosa en ese bikini.
—Es su prerrogativa.
Ella parecía ofuscada. Por dentro, debía ser todavía peor lo que sentía sobre mí, supuse. Por alguna razón, eso la volvía más atrayente.
—No entiendo que busca conmigo. Primero me sanciona y ahora me regala esa cosa.
—Es una insignia de fuerzas especiales.
—Lo que sea. Me debe una explicación.
—No le debo nada, solo trataba de ser amable.
—Nunca lo había sido antes.
La miré a los ojos. Era claro que no iba a irse sin que me explicara. ¿Por qué no decírselo? Después de todo, las cosas no podían estar peor entre nosotros.
—Supe lo suyo. Lo lamento.
Vi como las facciones de su rostro se endurecían aun más. Decididamente, no le gustó descubrir que yo sabía sobre su enfermedad.
—No quiero su lástima—me dijo con bronca—. Ni la de nadie.
—No es eso…admiro su valor. Por eso le envié mi insignia.
Ella se sonrió a medias, con un rictus amargo. No expresaba ninguna alegría con ella. Simplemente, liberaba tensiones acumuladas.
— ¿Valor, yo? Si fuera realmente valiente, no viviría con miedo a cada paso que doy, cada día. No esperaría como una obsesa, a que empiecen los síntomas. No me quedaría esperando lo inevitable.
Luego dio media vuelta, y se echó a correr de vuelta a los edificios del hotel.
La seguí, sin saber bien por qué. Supongo que no quería terminar así la conversación entre nosotros. Me conmovía lo que le pasaba. Tal vez fuera por la genética. En ella, como en mi caso, no era más que una maldición que teníamos dentro de nosotros. A mí me había arruinado ya la vida; a ella iba a terminar por sacársela.
Quizás se tratare de eso. U otra cosa. Era un ser peleado con el mundo. Por lo mismo, insensible a cualquier cosa que les pasara a los demás. O casi.  Por primera vez en mucho tiempo, algo me sacudía.
Podría haberla alcanzado antes, pero no sabía cómo abordarla. El entrenamiento militar podía haberme preparado para volar puentes o descender a rappel desde helicópteros, pero en lo que concernía a este tipo de situaciones, era una nulidad absoluta.
Una vez dentro, atravesó la recepción y desapareció escaleras arriba. La seguí. Sabía que su cuarto estaba en el segundo piso. Cuando llegué allí, vi que estaba a mitad del pasillo, contra la puerta de su habitación. Había entreabierto la puerta, pero sin pasar dentro.
Me acerqué. No entendía muy bien qué hacía. Lo descubrí unos pasos más adelante. Vi entonces sus lágrimas. Estaba llorando, en silencio. Supe que era de bronca, y no de pena.
Por primera vez, no tuve ese sentimiento de hostilidad al verla. Tampoco sé porqué la abracé. Nunca he sido de ese tipo de gestos. Pensé que me rechazaría, pero en lugar de eso, se acurrucó entre mis brazos.
—No quiero morir—me dijo. Su tono sonó a súplica—. Y menos de esa forma.
La vi triste, desamparada; huérfana de todo refugio. Fuera de esa coraza suya de fría imperturbabilidad, que yo también usaba.
Pronto, yo también estaba llorando. Nunca lo había hecho, en los últimos años. Ni cuando murió mi hija. Pero ahora, mis lágrimas rodaban parejas a las suyas. Cada cual estaba con su llanto y por sus propias razones. Pero aun así, sentí que nos encontrábamos unidos de alguna forma. Más cerca, el uno del otro, que de cualquier otra persona. Mucho más aun de lo que físicamente nos hallábamos.
Entonces, la besé. Y sentí como sus labios se estremecían, al entrar en contacto con los míos. Ahora entendía que tanto para ella, como para mí, era un instante secretamente anhelado por demasiado tiempo.
Mis manos recorrieron su nuca y espalda, atrayéndola aun más hacia mí. Era como si buscara fundirme con ella. Besé sus mejillas, todavía húmedas y saladas por causa de sus lágrimas.
Desde la muerte de mi hija me había convertido en un ser asexuado. Nunca más tuve nada con Ivana. Mi antigua esposa tampoco me reclamó nunca por ello. Más bien, había concordado en el impasse. Luego, esa situación se transformó en definitiva. Dejamos de resultar un matrimonio para pasar a ser dos seres que vivían juntos. Luego ya ni eso. Fue cuando descubrimos que la presencia del otro nos molestada. Despertaba demasiados recuerdos dolorosos.
Supongo que debía anulado mis sentimientos en alguna parte. Ahora, el dique que contenía todo eso había quebrado y mis sentimientos fluían en torrente. Con sorpresa, advertía embriagado cómo nuestros cuerpos nerviosos se desnudaban, y caíamos sobre la cama.
Con la doctora, volvía a sentir esa excitación, que las mujeres provocan en los hombres. No era que mi animosidad con ella hubiera desaparecido. Sólo descubría que había estado equivocado en el sentimiento. Lo que sentía por ella era otra cosa, sólo que no lo sabía. O más bien, no había llegado a entenderlo antes.
Communion des corps. La comunión de los cuerpos. Si en verdad la había, se trataba de todo esto. No sé muy bien cómo ocurrió, solo que pasó. Terminamos en aquella cama estrecha. Ella desnuda sobre mí, en igual estado. Le vi, la escuché, la sentí gemir y quejarse. Gozando y siendo gozada. Fue duro, nervioso, hasta incómodo. Intimábamos sin conocernos demasiado. Nos hacíamos el amor, cobrándonos a un mismo tiempo, ciertas descortesías previas. También, limamos bastante de nuestras asperezas.
Por debajo de nosotros la sábana se empapó de sudor. A ninguno nos importó demasiado.
Terminamos frente a frente, de lado en ese lecho apenas con el sitio para contenernos. Me miró con esos ojos verdes, y me acarició el cabello. Luego, rozó mis labios con un beso rápido. Sonreía. Era la primera vez que la veía hacerlo, fuera de cuando atendía a sus pacientes. Estaba feliz, colmada, vencida y victoriosa a la vez. Igual que como yo me sentía.
—Morí de placer.
—Dejemos a la muerte de lado. Al menos por un rato.
—Hace mucho que no estaba con nadie. Y menos de esta forma.
En sus labios se dibujó una sonrisita nerviosa. Luego, agregó:
—La primera vez, cuando te vi en el avión, me sorprendí. No me molestó que me miraras de esa forma. En realidad, me excitó. No pensé que un hombre me hiciera sentir de ese modo. Me estremecí, como una colegiala.
La tomé desde detrás, por los cabellos, y la acerqué a mí. Hacía el amor con cierta rudeza, que nunca antes había tenido. Por lo menos, lo hacía. Pero junto a los sentimientos, cierta violencia animal, mínimamente intensa, se liberaba también.
Ana me puso de espaldas, y subió sobre mí otra vez.
—Es una pena—dijo, antes de lanzarse sobre mis pasiones.
Lo hicimos otra vez. Nos tomamos esta vez, ciertos tiempos. Fue algo más pausado, pero igual de intenso. Cuando terminamos, ella simplemente se acurrucó contra mí. Entonces, cayó en un sueño profundo, sosegado y tibio. Como esas lagunas que la lluvia forma, en medio de la sabana africana.
La rodeé con mis brazos, sin dejar de mirarla. Estaba exhausto, pero no podía dormir. Esas últimas palabras suyas, me rodaban por la cabeza.   


Seguía contemplándola, cuando despertó. Me besó y se levantó desnuda, sin el menor pudor, para ir a ducharse.
—No sé por qué, pero me chocaba estar con un hombre, desde que lo supe—me dijo, mientras buscaba una toalla en el armario a un lado de la cama.
Me quedé mirando su espalda, dorada por el sol de esta parte del mundo. Me atraía más de lo que podía reconocer.
            —Por eso me ofrecí de voluntaria, supongo. Para escapar de todo, o de todos. Me gusta África—siguió diciendo, en tanto tomaba la toalla—. Todo aquí es simple, básico. Se vive o se muere. 
Se volvió a mirarme. En sus ojos verdes, vi que buscaba una palabra mía.
—Estaba por casarme. Era un buen chico. Pero no pude seguir. Lo dejé. No sé por qué lo hice, todavía hoy, un año largo después. ¿Soy una mujer terrible, no?
El mundo no está estructurado para los que sufren, pensé. Cuando esas cosas pasan, como que uno se sale un tanto del mundo. No todos lo entienden. Algunos lo padecen. A otros, los hacemos sufrir con nuestro sufrimiento. Supongo que la vida no es justa con nadie, en esas situaciones.
—Sobrevivimos como podemos—le contesté finalmente.
Mi frase, al parecer, le gustó. Percibí un claro signo de agradecimiento, en sus ojos verdes. Esos mismos que me  desasosegaban. Era una sensación tan cautivadora como atemorizante. Nunca antes me había pasado con ninguna.
—Un hombre sabio, además de hermoso—me dijo con una sonrisa.
Se acercó a besarme, evadió mis intentos de abrazarla, y desapareció tras la puerta del baño.
 Cansado y maravillosamente sosegado, me tendí sobre la cama. Me pregunté qué tenía de distinto Ana, para provocar este tipo de cosas en mí…también me pregunté por qué había sido diferente con ella. Pensé que mis palabras habían sonado terriblemente vacías y solemnes. Hasta presuntuosas, tal vez. Con esa soberbia que el sufrimiento nos carga, de pretender estar por sobre otros, sólo porque sentimos dolor.
Pero a ella le habían gustado. Y eso era todo lo que me importaba.
En algún punto de mis pensamientos, debo haberme quedado dormido. Me despertó el ruido de ella cuando terminó de ducharse. Salió del cuarto de baño con el cabello mojado, peinado hacia atrás. Llevaba puesta una bata de algodón negra, con círculos naranjas, que le llegaba hasta la mitad de sus muslos, anudada en la cintura. Supuse que no tenía nada por debajo. Y ese pensamiento, me excitó.
Se sentó en una silla, enfrentaba a la cama. Tuvo cuidado que al hacerlo, no se le subiera el borde de la bata. Me obligué a dejar de contemplar esas piernas largas y al parecer perfectas, doradas por el sol africano. Cuando la miré al rostro, descubrí que estaba preocupada por algo.
 Me estaba mirando con esos ojos suyos, esta vez muy serios.
— ¿Lo nuestro es una locura, verdad? Deberíamos dejar acá las cosas.
Sí, era lo más lógico. Todo entre nosotros tenía más contras que factores a favor. Yo era un ser amputado en el espíritu y ella estaba condenada en su cuerpo. No era fácil lidiar con ninguna de ambas. Que nos hubiéramos entendido en la cama, y quizás más allá de ella, no suponía una gran diferencia para eso.
Por no decir, todas las complicaciones de estar en un sistema militar de jerarquías, y en un lugar donde nos podían volar la cabeza a ella o a mí con la mayor facilidad.
—No quiero que esto termine—le dije, igual de serio que ella—. No quiero volver a estar vivo a medias.
Ana se paró y se desprendió la bata. Dejó que cayera al piso, y se quedó allí por unos momentos. Quería que la contemplase, y eso hice.
Luego, avanzó hacia donde estaba.
Mataka ngono—me dijo, haciéndose la canchera.
Significaba quiero sexo, en suajili. Se echó encima de mí, sin agregar otra palabra. Amarnos, quizás, era lo más cuerdo que podíamos hacer, en toda esta situación de locos en que nos encontrábamos ambos.
Volví a experimentar todas esas sensaciones de la vez anterior, mientras su boca ganaba la mía. Su piel olía a sándalo.
Pensé que la había salvado. En realidad, ella lo había hecho. Había resucitado esa parte de mí mismo, que creía que el dolor me había amputado para siempre. Al parecer, no era un mutilado, ni un ser ganado por el dolor, cuando estaba cerca de ella.
Había encontrado la paz, en medio de un conflicto por demás extraño. Me había ocurrido en el sitio menos pensado, con la persona más inverosímil. Qué más daba, viéndola dormir a mi lado, abrazándome como si temiera perderme, mi mundo parecía distinto. Aun no sabía a ciencia cierta, qué había cambiado. En el fondo, lo intuía. Había dejado de resultarme absurdo. Volvía a querer seguir estando vivo.    
Dios, el destino o lo que fuere nos había puesto a ambos en el mismo sitio, para que nos salváramos juntos. Lo intuía.
En el punto más alto del goce, aferrada a mí y yo a ella, jadeante, ella me susurró al oído:
— Sólo quiero morir a tu lado.
Luego de ello, cayó en un frenesí de exultaciones. El suyo era un cuerpo agitado al rápido compás del placer. Luego de un último y prolongado estertor, cayó exhausta sobre mi pecho. Allí quedó, en un estado intermedio entre la conciencia y el desvanecimiento. Aferrada a mí, con toda firmeza.
La petite mort, le decían a eso los franceses. Un corto periodo de melancólica inmovilidad, como resultado del gasto de la libido. Le aparté el cabello del rostro, para verla. En su pequeña muerte, ella sonreía como nunca antes le había visto. Parecía feliz, porque lo era. Como el ser atormentado que había sido por mucho tiempo, podía reconocer en otros, cuando finalmente alcanzaban la paz por dentro.  


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