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viernes, 10 de julio de 2015

El rincón del gato forajido: "La risa de Dios" por Fiona y Silvestre





"Había una vez…así comienzan todos los cuentos. A  la protagonista de esta historia le encantaban los cuentos de hadas, que solía relatarle por las noches su abuela Elma.
Solía afirmar convencida, a quien pudiera escucharla que  no podía amar a ninguna especie de mascota, desde que entregara su corazón a su vieja cocker, Cecilia.
Tendría que haber recordado la famosa frase: Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes.
Su vida se resumía entre su trabajo, sus amigas, sus lecturas, blogs y escritura.  Amaba vivir sola, su departamento estilo vintage, que armaba con paciencia y cuidado, buscando resaltar el orden y los detalles en blanco. En sus esquemas, no había lugar para gatos. ¡Vamos! Si era fan de los perros, animales nobles, fieles. Gatos, no.
La risa de Dios, es potente como un terremoto.  Simple como las respuestas de los niños, refrescante  como el agua cristalina, pero sobre todo desconcierta. El orden no es lo que uno piensa, el eje de la vida, pasa por otras cosas. A veces hay que alterar el  rumbo para encontrar el destino.
Ella sostiene que la cuidan ángeles propios: su madre, su abuela Elma y su abuelo Serafín. Los tres son guardianes de su familia. En otras dimensiones  el espíritu que evolucionó, encuentra paz, vive feliz. Serafín Plaza trataba de recordar todo eso ante la charla que sostenía con esposa Elma y su hija mayor Francisca.
— ¡¿Papá me escuchas?¡
—Sigue igual que antes Plaza, no escucha — afirmaba Elma, que se acercó sin timideces y dijo— ¡Plaza tenés que ayudar!
Él las había escuchado, la había ignorado haciéndose el sordo. Pero eran imponentes, mandonas y seguían amando  a los suyos.
—La chica está bien, tiene su vida resuelta. No entiendo porque se la quieren complicar.
— ¡Está sola!  Ella necesita  una compañía, abrirse al amor — dijo Cuca, usaba su sobrenombre hasta en el cielo.  Era Francisca para otra gente. Siempre sería Cuca para su familia.
— ¿Y qué tengo que hacer?— apuró, recordaba que Libertad Lamarque, su cantante de tangos preferida estaría en un recital para amigos. Si no apuraba, se lo perdería. Práctico sacó su lápiz de carpintero, una vieja libreta donde dibujaba sus ideas para los muebles.
Elma y Cuca, se sintieron felices de escuchar lo que deseaban. Enumeraron decididas.
Ella necesita alguien que la quiera, que sea fiel.
Lindo, en lo posible que tenga ojos claros.
Afectuoso y que lo demuestre.
¿Tomaste nota?
Serafín asintió, desapareció hacia su destino, que lo marcaba una corazonada.
El aire de la tierra le tocó el rostro de manera irrespetuosa, el calor insoportable del  verano bonaerense, lo ubicaba en su misión. Caminó por el barrio donde su pálpito lo había ubicado. Recordaba otras épocas, allá en su Salta. Sacó la lista que le daba una idea que lo debía hacer llegar a su nieta:
“Morocho, de ojos verdes, lindo, fiel, afectuoso “, que difícil se lo pusieron. Escuchó un llanto persistente, encaminó sus pasos hacia un terreno abandonado. En el lugar menos pensado encontró un tesoro. Lo levantó en sus brazos, lo calmó y acarició hasta que los ojos verdes se cerraron en un reparador sueño. Buscó un banco de una plaza, el calor era implacable. Su cerebro comenzó a pensar en los próximos pasos a dar.
Dejó que las cosas siguieran su marcha, que el destino obrara, que se encontraran aquellos que debían amarse.

Jimena, caminaba hacia su casa, regresaba de ver a su abuela. Sus ojos advirtieron el bulto negro que miraba desconcertado, perdido. Ese corazón generoso, se apiadó, lo tomó entre sus brazos y lo llevó a su casa.
Su hermana Mariela, tenía una hermandad de amigas que ayudaban en casos como este. Mascoteras de toda la vida, podían amar a gatos, perros, tortugas. Rescataban, cuidaban, mimaban y sobre todo sabían de la necesidad de amor de una de sus miembros.
Los whatsapps llegaban  uno detrás del otro.
-Mi hermana se encontró un gato, es chiquito, debe tener menos de un mes. ¿Saben de alguien que lo quiera?
La aludida dijo: “No sé de nadie “prosiguió limpiando su casa. Sacándole brillo a lo limpio, y ordenando lo ordenado. Cuidando que el blanco, luciera impoluto y elegante. Dos horas y medias de mensajes, de dos amigas sabias, insistidoras, escribió la respuesta final.
“Ok acepto el gato. ¿Cuándo me lo entregas? “ , lo conoció por foto y le gustó. Estaba en un hogar de transición  y pronto se reunirían.
La verdad  le hizo tomar conciencia de las nuevas responsabilidades. ¿Qué sabía ella de gatos?, ¿Qué comían? ¿Cómo lo educaba? .El miedo se hizo presente gobernándola, paralizándola.
Sus amigas, la educaron, la tranquilizaron. Esa fuerza que domina a las madres, se apoderó de ella. Buscó la comida, la caja y piedras los collares que usaría su hijo gatuno y esperó a la gran reunión.
Cuando se lo dieron era pequeño,  frágil, y buscó refugio entre sus brazos.  Desde pequeño fue un seductor, el taxista que los llevaba no dejaba de sonreírle al gatito.
La tia Sol llegó con juguetes y los acompañó durante las primeras horas mientras Silvestre Ramón inspeccionaba su nuevo hogar.
Los sillones fueron Disneylandia, subía, bajaba, saltaba de acá para allá y dejaba su huella. Le gustó todo. Sobre todo, le gustaba su mamá., estar entre sus brazos. La veterinaria, llamada desde ese día Tía Alicia, le enseño a su mami muchos tips para cuidarlo, agendaron visitas. Ella le relató la historia de sus gatos, todos callejeros con finales felices.
Las palabras que quedaron en la memoria y en el corazón de su mamá: “Cuando un gato llega a tu vida es por algo”
En la otra dimensión las cosas no eran buenas para Serafín
¿Un gato?
¡Sí!
¡Un gato!— exclamaba su hija Cuca—. Era un novio papi. Un morocho de ojos verdes. Lo anotaste.
El desestimó la queja a dúo, ese gato era el amor que su nieta mayor necesitaba.
La risa de Dios se escuchó fuerte y clara una vez más.
Esta es la historia de un gatito negro, que la vida le hizo bullying, pero unas tías hadas madrinas encontraron una mamá idishe mame gatuna que lo ama.
Bienvenidos a nuestra vida
Silvestre (alias gatito Forajido y gatito 2.0) y mamu Fiona, la que nunca pensó que vida impoluta se iba a llenar de pelos negros y huellas de patas .
Fiona

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